editorial
Ayer se cumplió un nuevo aniversario -el número 188- de uno de los episodios más relevantes y significativos de nuestra historia. El 19 de abril de 1825, un puñado de orientales desembarcaba en las costas de Soriano para llevar adelante una empresa aparentemente descabellada: liberar la provincia del yugo brasileño. Luego de la invasión portuguesa [...]
Ayer se cumplió un nuevo aniversario -el número 188- de uno de los episodios más relevantes y significativos de nuestra historia. El 19 de abril de 1825, un puñado de orientales desembarcaba en las costas de Soriano para llevar adelante una empresa aparentemente descabellada: liberar la provincia del yugo brasileño.
Luego de la invasión portuguesa que terminó de desmantelar al ejército artiguista, la Provincia Oriental (rebautizada Provincia Cisplatina) sufría la ocupación extranjera desde 1817; primero a manos de Portugal y, luego del Grito de Ipiranga, bajo el Imperio del Brasil. En 1821, un congreso que reunió a la flor y nata de la oligarquía montevideana aprobó la anexión al poder lusitano, representado por Carlos Federico Lecor, barón de la Laguna, quien sedujo a Rivera con el cargo de comandante general de la Campaña, neutralizando así cualquier amenaza de oposición proveniente del medio rural.
La prudencia, el sentido común y el realismo -en cuyo nombre los pelucones antiartiguistas habían votado la sumisión al extranjero en el Congreso Cisplatino- habrían desaconsejado vivamente la aventura descabellada de enfrentar a las fuerzas de ocupación, un ejército fogueado y bien pertrechado.
Pero felizmente, siempre hay alguien que desoye la voz de la “sensatez” y tiene el coraje suficiente para arremeter contra la pusilanimidad y la resignación. Así lo hicieron los patriotas exiliados en Buenos Aires, seguramente estimulados por el triunfo de Sucre en la batalla de Ayacucho (que significó la derrota definitiva del imperio español en América del Sur), en diciembre de 1824. En el comercio que regenteaba en Buenos Aires Luis Ceferino de la Torre, se gestó la Cruzada comandada por Juan Antonio Lavalleja y Manuel Oribe.
Los “sediciosos” fueron poco a poco ajustando detalles. Todos los días se producían incorporaciones, mientras otros se dedicaban a la tarea de encontrar medios, pertrechos y apoyo logístico. Como señala Alfredo Castellanos, “los preparativos de los conjurados eran conocidos por Lecor por medio de sus agentes en Buenos Aires, a pesar de lo cual no adoptó las medidas necesarias para impedir su desembarco en nuestro territorio, acaso por considerar descabellada la empresa”.
El resto es historia conocida. Los 33 llegaron a la Agraciada enarbolando la tricolor con el lema Libertad o Muerte, colores que son un claro ejemplo de que la Cruzada se consideraba continuadora del proceso histórico iniciado por José Artigas. A poco de desembarcar, el grupo inicial fue logrando adhesiones del medio rural, algo que fue posible merced a la incorporación de don Frutos a la pequeña hueste inicial, hecho ocurrido el 27 de abril en las proximidades del arroyo Monzón.
Pronto, los únicos reductos en manos de los brasileños eran las plazas de Montevideo y Colonia. Después vendrían los triunfos resonantes de Sarandí y Rincón que decidieron al gobierno de las Provincias Unidas a intervenir en el conflicto declarando la guerra al Imperio del Brasil.
Pero el desenlace final significó la derrota definitiva de los ideales federales cuando la solución ideada por Lord Ponsomby implicó la renuncia a integrar las Provincias Unidas y el surgimiento de un nuevo Estado.
editorial