opinión
Lo que sigue lo presento a modo de marco general (que ya ha sido expresado en otros artículos y anteriormente por otros autores, claro). Nuestros sistemas educativos fueron diseñados en otro tiempo y para otra sociedad, muy diferentes de las actuales, como ya es sabido. Creados por la necesidad de la revolución industrial, a imagen [...]
Lo que sigue lo presento a modo de marco general (que ya ha sido expresado en otros artículos y anteriormente por otros autores, claro).
Nuestros sistemas educativos fueron diseñados en otro tiempo y para otra sociedad, muy diferentes de las actuales, como ya es sabido. Creados por la necesidad de la revolución industrial, a imagen y semejanza de la fábrica, respondían al paradigma homogéneo de la producción en serie. Una sociedad caricaturizada de manera genial en “Tiempos Modernos” y analizada brillantemente por pensadores relevantes ya a finales del siglo XIX. Una sociedad para la que fue imprescindible contar con una escuela primaria generalizada que enseñara la aritmética fundamental, la hora, leer y escribir. Una enseñanza media que preparara a unos pocos para los estudios doctorales, y a aquellos que no pasaban ese mecanismo de preparación y selección preuniversitario, los volcara con la capacidad de integrarse a los mecanismos administrativos públicos y privados. Paralelamente otro aparato prepararía a algunos en los oficios: el trabajo manual con más conocimiento aplicado.
Esa sociedad ya no existe como tal y tienden a desaparecer sus vestigios en relativamente corto tiempo. La aparición de la informatización generó cambios impensados hace no más de 50 años: aceleró exponencialmente la creación de conocimiento, dio lugar a la robotización (y la consiguiente decadencia de los trabajos manuales repetitivos), multiplicó la productividad de bienes materiales (posibilitando la mantención de mayor cantidad de personas fuera de la producción directa) aumentó el valor de la producción intelectual (y la cantidad de intelectos produciendo), generó una gran “aspiradora” de tecnologías de punta con alto valor, intercomunicó fácil y ágilmente a los individuos entre sí en todo el mundo.
La educación terciaria tenía a principios del siglo XX no más de cinco carreras en Uruguay. Hoy solamente la Universidad de la República tiene bastante más de 100, y hay varias universidades e institutos terciarios privados que ofrecen otras.
Sin embargo, la educación media general (el liceo, donde estudia cerca del 80% de los jóvenes) sigue con modelos esencialmente iguales a los de principios del siglo XX. En el año 1929 iban al liceo el 2.7% de los hombres en edad de cursarlo. Desde 1969 tenemos la obligación constitucional de incluir a todos los jóvenes hasta tres años después de Primaria. Y desde 2009 nos proponemos que todos los jóvenes terminen bachillerato. Pero los resultados actuales están lejos de cumplir con los objetivos y las obligaciones legales y constitucionales. Y los que terminan parecen no salir bien preparados para la Universidad… y tampoco para el trabajo. Y es lógico.
Entonces ¿qué estamos haciendo? ¿Por qué estamos tan porfiados en seguir dándonos contra la pared? Probablemente las razones estén en los rincones menos lúcidos de la condición humana.
Marcelo Martínez Lauretta
Docente, investigador