Viernes, 5 de Octubre, 2012. Montevideo - Uruguay
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El significado de la jornada del 21 de marzo

Editorial

Transcurridos 27 años del retorno a la normalidad institucional, el gobierno se apresta a realizar un acto público en el que se reconocerá, oficialmente y por primera vez, la responsabilidad del Estado uruguayo en las violaciones a los derechos humanos y en los delitos de lesa humanidad cometidos a su amparo bajo el régimen de facto cívico militar.

La decisión del presidente Mujica obedece a una exhortación contenida en el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por el que condenó al Estado uruguayo por la desaparición de María Claudia García, madre de Macarena Gelman. Pero independientemente de la necesidad de cumplir con el mandato de la CIDH, el país tenía la obligación moral de proceder a un público reconocimiento de su responsabilidad.

Poco importa que no sea el actual elenco gobernante el responsable de aquellas atrocidades: es a él a quien corresponde asumir de frente esa responsabilidad en la medida que actúa, junto a los otros dos poderes, en nombre del Estado. Los gobiernos son efímeros pero no las instituciones.

Se han hecho oír algunas voces que parecen no entender esto, y sostienen que asumir la responsabilidad en tanto Estado, implica un reconocimiento que legitimaría al gobierno de facto, el responsable material de los crímenes y vesanias de aquellas bestias que usurparon el poder y, bajo su amparo, se dieron a la tarea de martirizar a la población. En modo alguno el reconocimiento público de la barbarie significa reconocer como legítimas aquellas autoridades dictatoriales.

Pero en fin, más allá de estas interpretaciones y de la polémica instalada, el hecho es que el próximo 21 habrá una sesión especial de la Asamblea General –máximo órgano del Poder Legislativo– a la que concurrirán representantes de los otros dos Poderes del Estado, el Ejecutivo y el Judicial; y también se harán presentes jerarcas militares que tampoco tuvieron responsabilidad en el terrorismo de Estado.

Finalmente, la ocasión es propicia para denunciar, una vez más, la especial cobardía de los mandos que actuaron durante los años de plomo, mayores, coroneles y generales que jamás fueron capaces de un acto de contrición ni dieron muestras de arrepentimiento alguno. Antes bien por el contrario, en una exhibición de soberbia execrable, han reivindicado su accionar al tiempo que no tuvieron prurito alguno en ampararse bajo el ala protectora de la impunidad.

La misma cobardía que los llevó a torturar, a matar y a hacer desaparecer opositores indefensos es la que les impide asumir sus culpas.

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