teatro

El deseo bajo los olmos

POR Jorge Arias -  PUBLICADO el Sábado 3 de marzo, 2012

Deseo Bajo Los Olmos
Es difícil decidir qué es peor: si el teatro burocrático-juvenil que nos hambrea con su falta de sustancia pero que llega a nosotros tal cual se escribió o el teatro que intenta poner en escena a los clásicos en forma sintética, reducidos a la imprescindible hora y media, despojados de buena parte de su sustancia.

Es muy adecuado decir, acerca de esta puesta en escena de “El deseo bajo los olmos”, que el crítico ya no sabe de qué árbol ahorcarse.

Esta versión de Cristina Landó cuenta la trama de la obra de O‘Neill. Reconocemos la anécdota; nos falta la tragedia. Como suele ocurrir en estas condensaciones, los conflictos más conmovedores no alcanzan otra dimensión que la de historias desagradables, no muy diferentes de los teleteatros, con sus gritos, revólveres, embarazos embarazosos y otros sobresaltos. Todo el sentido de inevitabilidad de la tragedia ha desaparecido; todo lo que alude a algo más fuerte que las voluntades individuales se ha diluido. Hay un crimen; los motivos de ese crimen se dicen, pero la brevedad del texto impide que nos convenzamos de que así debió ocurrir y que, aunque había alternativas, fue inevitable. No sabemos a ciencia cierta si versiones como ésta de “El deseo bajo los olmos”, o recientemente las de “La gaviota”, “Un tranvía llamado deseo” o “Romeo y Julieta” contribuyen a aproximar el público al teatro o, antes bien, a alejarlo. Al fin se preferirá las comedias de Broadway traducidas por Masllorens y Del Pino y escenificadas primero en Buenos Aires y después en nuestro medio; tal vez los espectadores tengan razón.

Las pérdidas ocurridas a “El deseo bajo los olmos” desde el libreto de O’Neill hasta su puesta en escena en Espacio Palermo son evidentes a través de ejemplos concretos. El primero es la traducción. El programa atribuye la “versión” a Cristina Landó; no dice quién es el autor de la traducción, tarea sumamente difícil, dado que los personajes hablan un coloquial inglés-americano-slang de granjeros de Nueva Inglaterra a mediados del siglo XIX que difiere del idioma común hasta en la pronunciación. El vocabulario que emplean los personajes de “El deseo bajo los olmos” exhibe varias palabras, algunas muy frecuentes, como “purty” de dudoso significado; todo ello nos hace pensar que se ha adaptado alguna traducción al español. En la versión de Landó los personajes hablan un idioma neutro, que en vez de rezumar fuego y pasión arroja una pálida pátina sobre el escenario. Sin duda, hubiera sido muy difícil lograr un idioma aproximado; pero fue inevitable que, a pesar de sus modales convencionalmente rústicos, la familia Cabot de este estreno habita una tierra sin mapa.

Algo semejante sucede con la escenografía. De inmediato buscamos y no encontramos los olmos, que O´Neill necesita hasta en el título: los quiere enormes, con un aspecto de “siniestra maternidad”, con sus ramas inclinadas sobre el techo de la casa, a la que parecen, a la vez, proteger y someter. Nada de esto es circunstancial ni superfluo: por el contrario, es una referencia directa al drama que vamos a presenciar, donde hay, en efecto, una “siniestra maternidad”. Y es suficiente comparar esta versión de “El deseo bajo los olmos” con sus antecedentes teatrales, basados más directamente en la mitología griega, como “Hipólito” de Eurípides y “Fedra” de Racine, para advertir que el clima de terribles pasiones que debió crearse no se sostiene.

En cuando al reparto, María Mendive da lo mejor de sus muchos condiciones como actriz, en una interpretación que estará en lo mejor de su larga y fecunda carrera. Es posible que no dé exactamente la sensación de “extrema sensualidad” de Abbie, pero se la ve atractiva y provocativa. Encontramos que la elección de Augusto Mazzarelli para el papel de Ephraim incurre en el mismo error que la versión cinematográfica de Delbert Mann (1958, con Sofía Loren como Abbie) que eligió a Burl Ives. La descripción de O’Neill es la de un hombre enjuto, áspero y con nervio: Mazzarelli, pese a sus indiscutibles bondades como actor ofrece un aire de bonhomía distraída y cansada distensión que sus parlamentos, muy bien dichos por otra parte, contradicen.

Con el material que le fue asignado Roberto Jones ofreció una versión de “El deseo bajo los olmos” sin grandes efectos escénicos, sin contrates, sin grandes estremecimientos de pasión y dolor pero entretenida y agradable de ver.

Ficha

EL DESEO BAJO LOS OLMOS, de Eugene O´Neill, en versión de Cristina Landó, con María Mendive, Augusto Mazzarelli, Federico Longo, Alejandro Martínez y Yonattan Montesdeoca. Vestuario y escenografía de Diego Aguirregaray, iluminación de Martín Blanchet, música de Fernando Ulivi, dirección de Roberto Jones, Estreno del 24 de febrero, Espacio Palermo.

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1 comentario »

  1. Lo de María Mendive es estremecedor y espectacular. Sólo ella vale la obra entera y un sólido Augusto Mazzarelli repite la fuerza a la que nos tiene acostumbrados. El muy respetable y afamado crítico Arias, como es habitual, deja para el final la gran verdad sobre la puesta de Jones y Espacio Palermo “entretenida y agradable de ver”. El resto son pajas. Aplauso y Merde!

    Comentario by Michel — 8 marzo, 2012 @ 8:04

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