Tiempos modernos

Los años de plomo

Publicado el 19/5/2013 - 4:00

Los años de plomo

En nuestro editorial de ayer se hace referencia a lo dicho por Pérez Esquivel luego de conocerse la muerte de Jorge Rafael Videla, suscribiendo su afirmación de que a los espíritus libres no nos alegra la muerte de nadie.

Ahora bien, debo concluir, entonces, que no soy un espíritu libre; no, señor. Digo esto porque vaya si me regocijé con la muerte de ese personaje tenebroso; y mi regocijo es mayor aun por el hecho de que pasó sus últimos años en prisión, pagando por sus crímenes abyectos, por más que su deuda con la humanidad no haya sido saldada en su totalidad. Los individuos de esa calaña no merecen vivir; es más: no deberían haber nacido.

Jorge Luis Borges ha dicho que no hay nadie que no corra el albur de ser el primer inmortal. Pues bien, confieso que a mí me hubiera gustado que Videla hubiese sido ese primer inmortal, de manera tal que siguiera pagando los horrores durante toda la eternidad. Y como él, todos los otros monstruos que asolaron la región y que, con el tiempo que han de estar en prisión, habrán pagado apenas un porcentaje ínfimo de su culpa.

Cuando empezaron las denuncias ante los organismos internacionales de violaciones a los derechos humanos en el Cono Sur, recuerdo no uno sino varios automóviles de turistas argentinos que lucían en la luneta trasera un adhesivo con la leyenda “Los argentinos somos derechos y humanos”. Entre los innumerables crímenes que se cometían a diario (detenciones arbitrarias, torturas, asesinatos, violaciones, desapariciones), reconozco que el adhesivo a que aludo parece insignificante. Sin embargo, resultaban particularmente indignantes el desparpajo y la impunidad con que actuaban los gobiernos de la época y sus asesores. Porque convengamos en que hay que tener una mente muy podrida para pergeñar un eslogan que resultaba de un macabro juego de palabras.

Así eran las cosas por aquel entonces. Además del terror reinante, de la noticia transmitida en voz baja sobre la detención de algún conocido, de las torturas y violaciones sistemáticas, de la muerte o la desaparición de opositores, había que soportar la soberbia y la hipocresía de los gobernantes y sus voceros; había que oírlos hablar a esos oligofrénicos impunes, teniendo conciencia de la imposibilidad de replicar sus afirmaciones ni de denunciar sus falsedades.

Por eso el triunfo del No en el plebiscito del 80 fue algo tan inesperado, tan impensable en ese clima de resignación (“tenemos milicos para rato”), que a más de uno se nos cayó un lagrimón. Y aunque hubimos de soportar cuatro años más de arbitrariedades y de terrorismo de Estado, todos tuvimos conciencia de que el régimen estaba condenado.

A partir de entonces, se fueron abriendo espacios muy tímidamente. Vinieron las elecciones internas del 82 en las que los sectores prodictadura de los partidos tradicionales (pachequistas y gallinalistas) sufrieron una estrepitosa derrota. En el 83, el acto del 1º de mayo; luego, en agosto, la primera caceroleada y, en noviembre, el acto del Obelisco. En ese mismo año, la dictadura argentina se daba por vencida y Alfonsín era electo presidente.

En fin, todas estas vivencias me vinieron a la memoria con la muerte de Videla, al volver a ver las imágenes del tirano en el apogeo de su poder, con esa mirada dura, fría e implacable, tan diferente de la que lucía en las últimas fotografías que lo mostraron derrotado ante las sentencias inapelables de la Justicia.

Porque en definitiva, aunque la historia ya lo condenó, lo importante es que también lo hayan hecho los tribunales, cuyos miembros consideraron que no había prescripción para los crímenes cometidos por los terroristas de Estado.

Julio Guillot

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