tiempos modernos

El nuevo circo

Publicado el 22/1/2013 - 3:20

Hay que convencerse, no hay caso: al ser humano le gusta vichar. Es un mirón por naturaleza, un voyeur dispuesto a pagar para asistir a un espectáculo en el que haya dosis adecuadas de violencia, pornografía e inmoralidades varias. Me apresuro a señalar que no todos los hombres y mujeres comparten ese gusto malsano y […]

Hay que convencerse, no hay caso: al ser humano le gusta vichar. Es un mirón por naturaleza, un voyeur dispuesto a pagar para asistir a un espectáculo en el que haya dosis adecuadas de violencia, pornografía e inmoralidades varias. Me apresuro a señalar que no todos los hombres y mujeres comparten ese gusto malsano y que hay muchos que no se cuelgan con exhibiciones de esa índole; pero creo que los otros, aquellos que necesitan alimentar su lado morboso contemplando, extasiados, espectáculos denigrantes, son amplia mayoría.

Piénsese, sin ir más lejos, en el éxito del circo romano, que no era precisamente un circo de saltimbanquis, acróbatas y payasos para regodeo de los párvulos, y en cuyos espectáculos el público deliraba viendo cómo dos pobres tipos se masacraban recíprocamente, o cómo algunos desgraciados eran devorados por las fieras; no se trataba de demostraciones de destreza sino de una brutalidad sin límites. Piénsese, asimismo, en la fascinación que causaban entre el populacho las ejecuciones de reos en la plaza pública.

Con el paso de los siglos la Humanidad se ha civilizado un poco. Ya no se montan espectáculos sangrientos como aquellos, e incluso las corridas de toros se baten en retirada. Toda esa barbarie ha sido remplazada por espectáculos incruentos en los que sus protagonistas no sufren daños físicos y no hay derramamientos de sangre a la vista. Es un avance.

Y sí, los tiempos han cambiado; ahora el circo ya no se desarrolla en el Coliseo sino en un estudio de televisión. Ya no hay gladiadores que se hacen mierda uno al otro sino gentes que no tienen prurito alguno en desnudar sus miserias para deleite de los televidentes. Estoy hablando de la larguísima lista de programas televisivos en que ciertos individuos -con notorias tendencias exhibicionistas- dejan de lado su privacidad y su pudor para prestarse a mostrar su cuerpo y su alma a cambio, seguramente, de algunos miserables pesos, de alguna efímera notoriedad, o con la ilusión de pegar el salto que los catapulte a una improbable fama.

Atrás quedaron los tiempos de las revistas Radiolandia y hasta nuestra escandolosa “La Escoba”. Con Gran Hermano (traducción literal del inglés Big Brother que más bien debiera haberse traducido como El Hermano Mayor), comenzó el voyeurismo institucionalizado. Ver en directo lo que “los monitos” hacían encerrados. Al mismo tiempo, programas con paneles de “especialistas” analizando sus conductas.

Desde hace unos años los programas de chismes, sobre Gran Hermano (y lo que venga) inundan nuestra televisión. Parece que para hacerse famoso rápidamente tienen que pasar por algún escándalo mediático. Por lo que muchos y muchas- si no lo tienen naturalmente- lo inventan. Asombra la facilidad con que los protagonistas permiten la invasión de su privacidad mediante una cámara que registra cada momento de su vida, incluidos los más íntimos. Ahora tenemos un Gran Hermano gigante, las 24 horas.

Según Einstein, solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana; y agregaba “pero de lo primero no estoy tan seguro”.

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