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El genocida ya ni tiene quien le escriba

Publicado el 19/5/2013 - 6:15

Videla

Solo, repudiado y condenado, murió a los 87 años Jorge Rafael Videla.

El genocida Jorge Rafael Videla murió solo en la prisión que ocupaba gracias a la Justicia que, al menos en su caso, le llegó antes que la muerte.

Los resquicios del plan sistemático de tortura, muerte y desaparición que engendró en Argentina y luego extendió a los países limítrofes, incluido Uruguay, con sus ilícitos socios, dejaron una ventana por la que la mujer de ojos vendados pudiera hacer de las suyas.

El botín de guerra de los genocidas de la dictadura cívico-militar más cruenta de la historia argentina, es decir los bebés nacidos mientras sus madres se doblaban de dolor en las salas de tortura, fueron la grieta por la que se coló la Justicia.

“Murió un dictador, quizás el más sangriento de todos los del Cono Sur, que no solo fue responsable de muertes en Argentina sino que como ideólogo del Plan Cóndor mató a centenares de extranjeros fuera y dentro de su país”, lo describió a Ideario Rafael Michelini, justo a días de que se cumpliera un nuevo aniversario, hoy, del secuestro en Buenos Aires de su padre, uno de los casos que ilustra esa coordinación represiva que dirigió Videla.

“Más allá de lo simbólico que significa su muerte, no hay que olvidar que murió estando preso, cumpliendo condena efectiva y que estaba los suficientemente expuesto ante la sociedad como uno de los responsables de tantas atrocidades”, puntualizó a esta revista Macarena Gelman, nieta del poeta Juan Gelman, nacida en prisión durante la dictadura luego del secuestro y asesinato de su madre, otra muestra del terror que impusieron a fuerza de robos y picanas.

“Su crueldad se hizo sentir no solo en Argentina, sino que en toda la región el golpe que él encabezó en Argentina significó la entrada en una etapa de violencia superior”, describió en esa línea Sara Méndez, la luchadora madre de Simón Riquelo, otro bebé robado por Videla y sus cómplices.

“Podemos decir que no hubo impunidad total más allá de las verdades que aún nos faltan de aquella época, y en parte se debe al antes y después que significó la llegada de Néstor Kirchner, hace casi 10 años, que le dio un impulso tan grande a todo lo que significa verdad y justicia. Descolgó los cuadros de los genocidas y los metió presos”, agregó Gelman.

Por eso el respiro, parcial al menos, de varios de los familiares. Y no solo de ellos, de que en este caso la Justicia le haya ganado la carrera a la muerte.

Pero Videla murió rechazado por la sociedad. Rechazado por los soportes civiles que se beneficiaron de la dictadura que él encabezó. Como dijo el historiador argentino Felipe Pigna, el genocida

“fue la cara visible de un golpe de Estado tan cívico como militar que necesitó llevar adelante una masacre entre las filas de un pueblo históricamente combativo para instalar un modelo perverso de destrucción del aparato productivo y de las redes de defensa social de nuestro pueblo”.

Además, enumeró Pigna, “quintuplicó la deuda externa argentina sin ninguna contraparte visible en obras de infraestructura o inversión que justificaran semejante volumen de endeudamiento que sirvió exclusivamente a los grupos económicos más

concentrados, representados por el súper ministro Martínez de Hoz, co-responsable del estado de ruina en el que dejaron Videla y sus cómplices a nuestro país”.

Videla ya no tiene quien le escriba. Ni siquiera los diarios que se apropiaron de la empresa para papel con la que lucraron con años, así como él se apoderó de los bebés de sus víctimas, osaron defenderlo, conscientes del repudio que suscita su figura en la sociedad argentina y mundial.

Lejos quedó la tapa de “Clarín” del 24 de marzo de 1976, destacando el “nuevo gobierno” que encabezaba Videla o la de “La Nación”, destacando que “las Fuerzas Armadas asumen el poder”. Porque en 2013, parafraseando a García Márquez, el genocida ya ni tiene quien le escriba.

Tribuna

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