lógica barata

¿Educación como vía de desarrollo?

Publicado el 20/5/2013 - 1:30

Una mala interpretación de la crisis económica provocada por el capitalismo de finales del siglo XX y comienzos del XXI, da espacio a la insistencia de que la educación es la esperanza del futuro, un tema que necesita observarse con más detenimiento.

Es muy cierto que a medida que la ciencia avanza se necesitan más conocimientos, pero esa no es la razón por la cual se pretende colocar a la educación como gran vía para resolver los problemas económicos que sufrimos a nivel mundial.

Dicha insistencia entraña más de un engaño. Es menester subrayar que las familias pueden invertir en mayor formación para sus hijos, incluso posgrados universitarios; empero, una sola crisis financiera como la del 2008 eliminó de un plumazo 200 millones de empleos en el mundo. Asimismo, los desajustes financieros de la Europa mediterránea suprimieron miles de puestos de trabajo, muchos de ellos de gente singularmente calificada.

Con esto, la lógica barata que profetiza que la mayor formación educativa redundará en mayores empleos se desvanece. El veintisiete por ciento de desocupación en España parece ser una prueba fehaciente; también el paro del 7,5 por ciento de la PEA estadounidense, así como el del 6 por ciento en Alemania, el que no es mayor dado que existen ocho millones de trabajadores en ese país que aceptaron empleos precarios.

Más absurdo es pretender que se le diga a un médico que acaba de perder su puesto de trabajo por reducción del gasto público, que está desempleado porque no puede ocupar un trabajo eventual de ingeniero civil.

La lógica del desempleo no es la falta de educación, sino la tendencia a la reducción de la demanda efectiva por la precarización de los empleos, tanto como que la búsqueda de mayores rendimientos de los dueños del dinero en el juego perverso del capital financiero. En este sentido, es sabido que más del 30 por ciento de los ingresos de los grandes corporativos provienen de la especulación y no de la fabricación de mercancías.

Asimismo, la tercerización tiene su techo y este parece haberse alcanzado a inicios del siglo que corre, mucho más cuando se desaceleran las economías del primer mundo y crecen las emergentes, aunque lo hacen ofreciendo pocos empleos bien remunerados en relación al mayoritario, trabajos precarios con baja calificación. Esos que emplean a manejadores de máquinas de las que solamente saben apretar botones.

La contrarrevolución educativa.

Por otra parte, la “revolución” educativa proclamada por los defensores del neoliberalismo (en especial los encubiertos), posee un ángulo ideológico. En efecto, bajo el manto de una mayor educación se esconde lo subyacente, ¿cómo se pretende instruir a las nuevas generaciones? Esas que el capitalismo asfixia con adicciones, las que van desde las drogas hasta los videojuegos. En este sentido, la idea de los neoliberales es procesar una “contrarrevolución” a la que se operó a finales de los años sesenta del siglo pasado, incluso antes, cuando las naciones valoraban la calidad de vida no solamente por el mercado, sino por educar para mejorar las condiciones de convivencia de la sociedad.

De esta manera, es necesario descubrir las dos maneras de entender la educación: como forma de incorporarse al mercado o para mejorar la vida de los seres humanos en sociedad; debate que fue intenso en los ochenta del siglo pasado. Se admite la necesidad de aprender más para ofertar un servicio, lo que se niega es fundamentar la educación en relación al mercado. ¿Qué somos primero, sociedad o mercado?

Es precisamente ahí donde se oculta la verdadera intención de aquellos que pretenden sujetar las relaciones humanas como una infinidad de contratos de compra-venta. La idea es confinar a los seres humanos dentro de la lógica de las mercancías y de este modo, justificar nuestra cosificación así como el darwinismo social. Una ideología peligrosa que representa la médula del “pensamiento único” (aparentemente desaparecido), donde la realidad se reduce a un eterno combate entre humanos en pos de mejorar su incorporación al mercado. Es más, dejar de observar las vicisitudes del modo de producción como parte de una reprobable injusticia social, para valorarlo como un vaivén que declara que para todos hay siete años de vacas gordas y otros siete de vacas flacas. Lo central es saber adaptarse y no ver la historia como un proceso, donde los cambios no siempre son simples reformas sino que trastocan la estructura misma del modo de producción.

Hoy, ante el caos generalizado de un capitalismo que no da respuesta a la supervivencia de la especie, ¿se debe educar para la reproducción de lo que nos desahucia, o hacerlo para transformar lo que nos oprime? En la respuesta que le demos a esta pregunta, percibiremos hasta qué punto estamos mediatizados. Medios que hace treinta años repiten ad libitum, la centralidad del lucro.

Ugo Codevilla - Analista

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